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Steinitz

Wilhelm Steinitz nació en Praga en el mes de mayo de 1836. No se sabe bien si nació el día 18 (según su biógrafo Ludwig Bachmann), el 14 (según Johann Berger) o el 17 (según algunas fuentes británicas). Aunque si hemos de creer a la lápida esculpida en su tumba del cementerio Evergreen de Nueva York, Steinitz nació el “14 de mayo de 1837”. Bonita confusión.

Steinitz se crió en una familia judía, y ya a una temprana edad dio muestras de una enorme capacidad para asimilar conocimientos, de forma que a la edad de 17 años ingresó en el Politécnico de Viena con la intención de cursar estudios de ingeniería. En dicho centro de estudios conoció a Falkbeer, con quien se introdujo en los secretos de la práctica del ajedrez.

Tal y como explica el gran Emmanuel Lasker en su célebre Manual de ajedrez, y el inolvidable Richard Reti en Los grandes maestros del tablero, Steinitz desarrolló en su juventud un estilo de juego muy proclive a la combinación espectacular, al ataque al rey a toda costa.

Sin embargo, dicha tendencia al fuego de artificio se fue atemperando con el paso del tiempo, y Steinitz fue conocido, sobre todo, por haber establecido las bases estratégicas del juego, formulando una serie de principios (con una exposición modélica en el mencionado Manual de ajedrez de Lasker). El juego de Steinitz pasó a ser más comedido y cauteloso con el paso del tiempo, aunque siempre que se le presentaba la ocasión dejaba muestras de su enorme habilidad táctica.

Steinitz era un hombre de carácter serio y sumamente irritable. Además, nunca demostró simpatía por Morphy, con quien se entrevistó una sola vez en su vida, durante apenas diez minutos. Cuando publicó las partidas de Morphy, guiado por un afán de rigor y con una envidiable independencia de juicio, criticó duramente algunas de las que el público norteamericano consideraba más bellas y perfectas. Ante las muestras de disgusto de los norteamericanos por estas críticas Steinitz declaró: “Es cierto que soy criticón y no me complazco fácilmente, pero, ¿no debe uno serlo cuando frecuentemente se escuchan juicios superficiales donde debería hacerse un análisis profundo? ¿No debe uno preocuparse si ve que los métodos anticuados siguen vigentes sólo para evitar que no se turbe la propia comodidad?... Por desgracia, algunos consideran la crítica como un enemigo, en lugar de una guía hacia la verdad. Sin embargo, nadie me apartará nunca del camino que conduce a la verdad”. Y fue este firme propósito el que le llevó a un impresionante esfuerzo de sistematización que le indujo a formular los fundamentos posicionales de nuestro juego.

Un contemporáneo suyo, Cunningham, describe de la siguiente manera a nuestro hombre:
“Steinitz era un hombre de gran vigor físico, dotado de una fuerte constitución, cabeza grande, frente prominente y hombros y brazos poderosos. Cada rasgo en él denotaba más poder que gracia o belleza. De escasa estatura y cortas piernas, cojeaba ligeramente al andar”.

Como jugador tuvo una enorme fuerza de juego. Prueba de ello es que derrotó en enfrentamientos individuales a Anderssen, Chigorín y Zukertort, tres de los mejores jugadores del siglo XIX. Incluso después de estos importantes triunfos se consideraba a Steinitz como el “antihéroe” por excelencia: era miope, padecía una disminución física en una pierna, por lo que debía usar bastón y muleta. Cuando competía, acostumbraba a apoyar tanto el bastón como la muleta en la mesa de juego, como si fuera a necesitarlos, pero nunca abandonaba su asiento, lo que le valió el apelativo de “sitzfleisch” (literalmente “carne para sentarse”) por parte de algún periodista cruel.

En una ocasión le preguntaron a Steinitz si esperaba triunfar en un fuerte torneo de maestros. Su respuesta fue: “De salida tengo gran ventaja, pues soy el único que no tiene que enfrentarse a Steinitz”.
En Viena uno de los adversarios permanentes de Steinitz era el acaudalado banquero austríaco Epstein. En una de sus partidas se llegó a una posición compleja, en la que Steinitz se entretuvo más de lo habitual para realizar su jugada. Su adversario perdió los nervios e irónicamente murmuró:
¡Eh!
Steinitz no respondió y continuó jugando. Entonces fue el banquero quien se puso a pensar largo tiempo. Steinitz también murmuró:
¡Eh!
El banquero saltó ofendido:
Joven, ¿no sabe usted quién soy yo?
Lo sé —respondió Steinitz—. En la Bolsa usted es Epstein, pero en el ajedrez Epstein soy yo.

En una sesión de simultáneas celebrada en San Petersburgo en 1896, a cargo de Steinitz, se produjo la siguiente anécdota: durante el juego entró silencioso en la sala Lasker, y pasados algunos minutos ocupó el puesto de uno de los simultaneados, tapándose con una mano para no ser reconocido. Cuando Steinitz llegó a su tablero, Lasker se inclinó sobre las piezas, cogió con mano temblorosa la dama de Steinitz y tomó con ella un peón defendido, a la vez que se daba jaque a su propio rey. Sorprendido Steinitz, pasados unos segundos reconoció a Lasker y al instante continuó la broma, tomando con su dama el rey.
Steinitz, cuando vivía en Viena, firmó alguno de sus escritos como el “Morphy Austriaco”.

 

 
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